REFLEXIONANDO EL EVANGELIO DEL DOMINGO

La naturaleza es maravillosa. Está llena de misterios. Está llena de sorpresas. Una de esas maravillas es el sistema de la polinización de las flores y las plantas. Las abejas, los pajaritos que se alimentan del néctar de las flores, luego cargan consigo el polen que ha de fecundar a otras plantas y a otras flores. Ellos se alimentan del néctar. Pero luego, se van cargados de polen capaz de polinizar infinidad de flores.

Cuando leemos el Evangelio de hoy nos viene a la mente esa idea de la polinización: Juan ve pasar a Jesús y lo reconoce como “el Cordero de Dios” y lo dice públicamente.
Dos de sus discípulos lo escuchan y deciden seguir a Jesús.  Jesús se da cuenta y los invita a pasar el día con Él. Andrés era uno de ellos y de inmediato va y se lo cuenta a su hermano Simón. Y lo lleva hasta donde está Jesús… ¿Y no es esa la verdadera evangelización?.

Cuando uno ha entrado en contacto con Jesús pareciera que nada ha cambiado. Y sin embargo, ha cambiado nuestra actitud. Y al cambiar nuestra actitud, todo ha cambiado. Hemos cambiado nosotros y a través de nosotros cambian los demás.

La fecundidad de nuestras vidas la llevamos a cabo con nuestra simple presencia. Allí donde estamos, dejamos, como cuando usamos un perfume, ese buen olor a Dios, ese buen olor a gracia, ese buen olor a Evangelio, ese buen olor a perdón, ese buen olor a alegría y a vida.

La mejor evangelización no siempre va acompañada de grandes discursos sino de silenciosas presencias y silenciosas experiencias.

La mejor evangelización no siempre se manifiesta en grandes cosas sino en ese perfume, en ese polen de Evangelio que llevamos en nuestras vidas y que dejamos caer en el corazón de los demás.

Cuanto más entramos en contacto con Dios y “pasamos la tarde con él”, más se impregnan del polen de Dios las alas de nuestras vidas y más fácilmente podremos fecundar los corazones alejados y las vidas, con frecuencia, extraviadas.

Qué hermoso sería que cuando nos acerquemos a alguien, alguien nos dijese: “qué bien hueles a Evangelio”, “qué bien hueles a gracia, a bondad, a caridad, a servicialidad”. Esa sería la mejor evangelización de mi vida. Evangelizar por simple presencia.

Una presencia que fuese un interrogante y una invitación. ¿Por qué hueles a Jesús? ¿Por qué hueles a Evangelio? Y que ese perfume de nuestras vidas fuese una invitación a llevar a los demás a la misma fuente en la que nosotros mismos le hemos visto y experimentado.

Hoy la evangelización difícilmente puede ser masiva. Tiene que ser una evangelización de contacto personal. De alguien que ve primero y lo dice a los demás. Primero es uno el que reconoce a Jesús. Pero luego son dos los que lo buscan y conviven con Él un día. Y luego será un tercero, Simón. Y así comenzó la gran cadena de la fe que llega hasta nosotros.

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