REFLEXIÓN DEL TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¡No hay nada que hacer!

Después de haber leído la vocación de Jonás para ir a predicar a la gran ciudad, se hace casi inevitable pensar en nuestras ciudades y en nuestros pueblos, y en nuestro país tan secularizado, y en este mundo occidental tan alejado de la fe. Este nuestro mundo de increencia y de falta de fe nos supera y nos paraliza.

En tales circunstancias, puede sucedernos lo que a Jonás. Antes de acudir a Nínive, ya la había condenado. “No servirá de nada”, pensaría, y partió en otra dirección… Y sin embargo Dios tenía otro proyecto.

¡No hay nada que hacer!: la frase favorita de Jonás y también de muchos cristianos. Una frase que no puede ser nunca aceptada y que nunca debiera de pronunciarla un cristiano… Porque, ciertamente, hay mucho que hacer, y sin duda lo haremos si queremos dejarnos acompañar por el que nos ha llamado a ser de los suyos…

En el evangelio de hoy hemos leído la expresión: Se ha cumplido el plazo, dice Jesús. ¿De qué plazo se trata? El plazo para cambiar de mentalidad, el plazo para cambiar el corazón, el plazo para perder el miedo y reavivar el don que hemos recibido: La esperanza, la fe, el amor…

Esa ahora, ese hoy, se refiere a esta misma Eucaristía que estamos celebrando… Es la ocasión de acercarnos más a Dios, es la ocasión de reconciliarnos con nuestros hermanos… Es la hora (en palabras del papa Francisco) de ofrecer una imagen de Iglesia diferente… Una Iglesia que acompaña al hombre de hoy, una Iglesia bondadosa, samaritana y gratuita, una Iglesia amable y comprensible…para con todos los que se acerquen a nosotros que somos esa Iglesia… Y esta es nuestra tarea: presentar ante los demás una imagen diferente de Dios y de la Iglesia, de la que hemos venido presentando y que a tantos a defraudado y desilusionado.

Aprovechemos la hora favorable, el momento actual, saquemos todo el jugo a los encuentros que la vida nos ofrece, y busquemos ocasiones de encuentro…

Probablemente Nínive, nuestras ciudades y pueblos, no se convertirán en bloque, pero aquí y allá podemos hacer que renazcan nuevamente las esperanzas y la fe; y a más de uno se le abrirá una nueva visión sobre Dios, sobre los demás y sobre las cosas que nos rodean…

Nosotros, los obispos, los sacerdotes y todos los cristianos…tenemos la posibilidad de volver a hacer actuales las palabras del evangelio: “Está cerca el Reino de Dios”. Y aportar nueva alegría a los corazones de los hombres y mujeres de hoy, que bien faltos están…

El cristiano, como creyente y discípulo de Jesús, es, esencialmente, un testigo de la alegría del Evangelio. Este ha sido siempre el estilo de los santos: desde los llamados en la “primera hora”, en aquella tarde en la que pasaba Jesús, como en la “hora nuestra”, ésta, en la que está pasando hoy.

La Madre Teresa, repetidas veces, a algunas hermanas que se dirigían a servir a los pobres les echó en cara: “¿Cómo van a servir a Dios en los pobres con esa cara de tristeza? ¿Se puede anunciar al Dios de la alegría con el rostro fúnebre?

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