REFLEXIÓN DEL QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

El pasaje evangélico de hoy no tiene sentido si lo separamos de la actividad de Jesús en la sinagoga narrada el domingo pasado.

Jesús va sembrando un río de vida allí por donde pasa. La verdad que lleva en su palabra y en su vida, inunda de vida y devuelve la vida a los enfermos.

Muchas de las sanaciones narradas son anónimas. Sólo la suegra de Pedro es mencionada de manera más destacada, pero sin llegar a darnos el nombre. Su enfermedad desaparece en el momento en que Jesús llega donde ella está y le toca.

La enfermedad de esta mujer posiblemente sea la enfermedad de muchas personas de hoy, tal vez la nuestra, atravesadas por la soledad, los complejos, las depresiones o la falta de consideración. No hizo falta mucho para curarla. Jesús la toma de la mano y el contacto físico hizo que la fiebre desapareciera y se integrara de nuevo en las tareas de la casa. Dice el Evangelio que inmediatamente se puso a servir: Toda experiencia de encuentro con Jesús, que nos sana, nos hace servidores.

Algo así como cuando las madres toman en sus brazos al niño que llora y el contacto materno les calma, les devuelve a la normalidad. Algo así como cuando una visita de un amigo o una palabra de ánimo levanta del suelo al que está caído y lo devuelve a la alegría de vivir…

Un detalle muy importante: En medio de este ajetreo de encuentros y curaciones, el evangelista subraya el secreto de Jesús que es capaz de sembrar salvación y novedad de vida: «Se levantó de madrugada y se puso a orar». He aquí la razón de su poder. He aquí la fuente que riega de vida a todo el que está enfermo. He aquí el núcleo en torno al que Jesús gira.

La vida, las palabras y los gestos de Jesús no son comprensibles sin la relación que mantiene con su Padre. Los momentos de intimidad con Él son los que realmente hacen de Jesús el «hombre con autoridad».

Quizá más de uno tenga la experiencia de haber escuchado a esas personas que, estudiosas o no, lo único que dejan traslucir cuando hablan es que Dios está en ellas. Hablan de Dios como quien intima con Dios; hablan de Dios como quien tiene trato personal con Dios…y desde ese trato; desde ese encuentro con Jesús, están comprometidas “hasta el tuétano” , en sanar, levantar, acompañar, compadecer, servir…

Es asombroso contemplar los dos mundos que Marcos dibuja en la narración: sus discípulos, que todavía tienen mucho que aprender, preocupados en que Jesús siga atendiendo las demandas de los que le buscan; Jesús, por su parte, que sencillamente les responde: «Vámonos a otra parte para predicar también allí que para eso he venido»

Lo de Jesús es ser sembrador. No es cosa de él hacer crecer la semilla. Eso le pertenece al Espíritu. Lo de Jesús es llenar el mundo de palabra, de semillas, de gestos que abran los ojos a la gente. Lo de Jesús no es saciar curiosidades; es suscitarlas, poner en camino, dar que pensar y enviar a sanar al enfermo, a dar de comer al hambriento, vestir al desnudo…

Este fin de semana tenemos la Campaña Contra el Hambre de Manos Unida. ¿No será una buena oportunidad para tener un gesto especial si hemos entendido lo que Jesús hoy nos quiere decir?

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