REFLEXIÓN VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Todos nos sentimos a veces desprotegidos. ¿A quién podemos acudir? ¿Qué podemos hacer? Qué hermosas suenan entonces las súplicas del salmista: “Tú eres mi refugio, mi amparo, mi roca, mi protector”

Los leprosos de los que hablan hoy las lecturas eran personas enteramente desprotegidas, diríamos que rechazadas, “oficialmente” de Dios y de los hombres.

A un buen judío leproso seguro que lo que más le hacía sufrir era el verse como “un maldito de Dios”, sin poder acercarse al Templo y postrarse en su presencia. Este leproso, en el fondo, sí que rezaría con fuerza: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Yahveh me acogerá”. “Todos me aborrecen y maldicen, Tú, Señor, bendíceme”.

En toda esta historia de la curación del leproso, podríamos poner el acento en varios aspectos:

. La fe del leproso, seguro de que Jesús podía curarle.

. La valentía del leproso, que se salta todas las prohibiciones.

. La humildad del leproso, que se pone de rodillas.

. La oración del leproso, que se acerca y suplica ¡Qué fuerza pondría en su petición!

. El testimonio del leproso, que se convierte en evangelizador de Jesús, con grandes ponderaciones por todas partes, y contagia a todo el mundo.

. “La desobediencia del leproso”, que no hace caso a la exigencia severa de Jesús, porque le puede la alegría y el agradecimiento.

Es un leproso anónimo, uno de tantos, pero que representa a todos los leprosos de la historia. A todos los que llevan la lepra en su cuerpo y en “su corazón” y se sienten apartados de Dios y de los demás.

Pero más importantes son las actitudes y gestos de Cristo.

. El toque. Tocar a un leproso; estaba prohibido. Eran intocables. Jesús tocó a un intocable. Desde que Jesús tocó al leproso ya no hay intocables y menos en nombre de Dios. Desde que Jesús tocó al leproso ya no hay muros que dividan a los hombres, se vinieron abajo, definitivamente, cuando abrió sus brazos en la cruz

. La curación. Quedó limpio. Las manos de Jesús son  curativas y sanadoras. Sus dedos estaban cargados de la fuerza del Espíritu. De la misericordia, del perdón y de la fuerza sanadora de Dios.

. Quiero. La voluntad. ¿Cómo no voy a querer curarte? Si he venido para eso. Quiero devolverte la salud y la alegría, quiero que recuperes tu dignidad, quiero integrarte en la sociedad y en la familia, quiero que vivas. Yo quiero si tú crees.
. Sintiendo lástima.  Todo empezó porque Jesús se compadeció. Por eso, cuando dijo al leproso: quiero, en el fondo le estaba diciendo: ¡te quiero! Hermosa palabra y buena noticia!

la lepra que turba al hombre y a la sociedad actual, decía el Papa Benedicto, es el pecado; son el orgullo y el egoísmo que generan en el corazón humano la indiferencia, el odio, la envidia, el rencor y la violencia”. La autosuficiencia, el olvido de Dios.

Ese ¡te quiero! traspasa los tiempos y los espacios. Ahora, a ti y a mí, leprosos del siglo XXI, donde quieras que te encuentres y cualquier clase de lepra que tengas, Jesús te repite: ¡te quiero! Y ¡quiero curarte, levantarte! y darte la alegría de la misericordia y el perdón.

Tenemos un tiempo precioso por delante, la Cuaresma, para decirle al Señor: ¡Si quiero! ¡Sáname!.

¡Dejémonos querer y sanar por Él!

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