Enfadado, en el Templo, pusiste tus límites

Y hoy quiero que me los pongas a mí,
que me marques a fuego en el alma
qué es aquello que no puedo permitirme,
que me aleja de ti y de la vida digna,
que me impide ser persona y,
sobre todo, vivir en el amor.

No me dejes nunca vivir sin tu amistad, Señor,
ni me permitas instalarme en el rutina,
ni abandonar el rato de oración diaria,
ni pensar en mí más que en los otros,
ni criticar y hacer correr malas noticias,
ni comprar barato explotando a otros.

No me dejes nunca, Señor, ser mediocre,
ni vivir sin proyecto personal,
ni permitir la injusticia alrededor,
ni aprovecharme de nada ni de nadie,
ni ser negativo en las conversaciones,
ni manipulador en mis acciones.

No me dejes nunca, acomodarme, Señor,
ni vivir indiferente a la vida de la gente,
ni creerme superior a los demás,
ni dejar de intentar un mejor reparto,
ni ocuparme solo de mi familia,
ni dejar de ofrecerme, como tú, a todos.

No permitas, Señor, que te utilice,
ni me crea de los buenos, y creyentes,
ni me duerma nunca en los laureles,
ni descanse hasta que el mundo esté mejor,
ni deje de construir una Iglesia nueva.

Purifícame, Señor, aquí me tienes…

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