SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Ha sido un autor moderno quien nos ha recordado recientemente que el encuentro con el Resucitado ha sido “una experiencia de perdón y de misericordia”. Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona y les ofrece paz y salvación. Ninguna alusión, por parte de Jesús, al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.

Los relatos insisten en que el saludo del resucitado es siempre de paz y reconciliación: “Paz a vosotros”. Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos.

Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón, es la “virtud de los débiles”, que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse.

Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen una verdadera solución si no se introduce la dimensión del perdón.
No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destrucción; si no somos nadie capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas y conflictos, jamás conseguiremos la paz.

El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados. Al mismo tiempo, despierta la esperanza y las energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.

El perdón, cuando se da realmente y con generosidad, es, en su aparente fragilidad, más vigoroso que toda la violencia del mundo. La Resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre, sino del amor y del perdón.

Necesitamos recuperar la capacidad de perdonar y olvidar.
La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer incomprensiones, agresividades y la mutua destructividad que hemos desencadenado.

La paz no llegará a nuestros pueblos mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo amplio y generoso de mutua comprensión, acercamiento y reconciliación.

En una sociedad tan conflictiva como la nuestra, en un ambiente tan difícil, conflictivo y tenso como el que entre todos hemos creado, los creyentes, es decir, los que domingo tras domingo venimos aquí a participar de la Eucaristía de Jesús, a alimentarnos de su Palabra, para iluminar los problemas que tenemos planteados, a alimentarnos de su Cuerpo para poder ir superando dificultades que cada día se nos presentan… Tenemos que llevar a la vida de nuestro pueblo, a nuestros vecinos y a nuestras familias la fuerza del perdón, como la única arma que hará que nuestra convivencia sea de verdad la convivencia querida por Jesús Resucitado.

El perdón es causa de resurrección y de vida. Así pues, un pueblo que practica y vive el perdón es un pueblo resucitado y vivo. En cambio, un pueblo que práctica el odio, que vive en la enemistad y las revanchas, es un pueblo en el que reinará la desconfianza y la muerte.

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