SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

No tanto mirar al cielo. Es misión nuestra mirar a la tierra para que se vaya convirtiendo en un cielo. Es la hora del compromiso. Esto quiere decir que, si Cristo se ha marchado, nosotros tenemos que hacerlo presente.

Es la hora del testimonio. Jesús mismo nos envía: “Id y haced discípulos”. Recogemos el testigo de Cristo. Recorramos el mundo presentando ese testigo.

Repitamos no sólo las palabras, sino los gestos de Jesús: donde haya una herida, sepamos curar;

donde haya una necesidad, sepamos compartir;

donde haya una división, sepamos unir;

donde haya una soledad, sepamos acompañar;

donde haya una injusticia, sepamos luchar;

donde haya un desamor, sepamos amar.

En este tiempo de Nueva Evangelización, el Señor Jesús nos dice: Id al mundo entero repitiendo mis palabras, multiplicando mis gestos, celebrando mi Pascua. Haced mis veces. Sed una pequeña imagen mía, un Jesús vivo…“Id”.

Todos somos enviados. Todos somos misioneros. Vamos con todos los poderes. Pero no son poderes económicos, políticos o militares. Vamos con el poder de la fe, que es invencible. Vamos con el poder de la paz, que es contagioso. Vamos con el poder del amor, lo más fuerte que hay en el mundo. Vamos con el poder de Dios.

La tarea que nos espera es difícil pero ilusionante. Hay muchos enfermos que curar, hay muchos muros que romper, muchos puentes que construir, muchas manos que unir… Hay realmente mucho que hacer…

Sintamos que Jesús hoy, el día de su despedida, nos envía también a nosotros. Nosotros podemos colaborar en la transformación de nuestro mundo haciendo que el  Reino de Dios venga a nosotros tal como lo oramos en el Padre nuestro.

Para esta tarea no estamos solos, Él mismo nos dice: Ánimo “Yo estaré con vosotros” Esta es una de las promesas más consoladoras que Jesús nos ha dejado.

Desde que Jesús asumió nuestra naturaleza ya no puede desentenderse del hombre. Yo estoy con vosotros. Todo lo ha llenado de su presencia… ¡Todo!.

En cada cosa, en cada persona o acontecimiento, podemos ver el sello de Cristo: una sonrisa, una lágrima, una victoria o una derrota, un niño que nace o alguien que muere, un enfermo y la persona que lo cuida, el pobre que tiende la mano o el menos pobre que abre la suya, y en los que se quieren y se perdonan, y en todo amor, en toda bondad, en todo esfuerzo o dolor podemos ver el sello de Cristo. Todo puede ser signo de su presencia, si se sabe ver y si se sabe vivir.

Por eso, hoy, no nos cansamos de agradecer este don de Jesús. Y quizá la mejor manera de agradecer sea descubrir su presencia, abrirse a su presencia, vivir su presencia y hacer que otros la vivan. Para eso hemos sido enviados: Testigos y pregoneros de su presencia en este mundo.

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