PENTECOSTÉS

Pentecostés es la fiesta de la alegría de ser cristianos, el día del fuego, el domingo en el que nos sentimos los creyentes orgullosos de tener el Dios que tenemos, porque ese Dios nos calienta el corazón y el alma.

Ojalá sintiéramos hoy algo de ese fuego, algo de ese gozo. Algo de lo que sintieron los apóstoles cuando el Espíritu Santo descendió sobre sus cabezas y ellos salieron entusiasmados a anunciar la alegría del Evangelio.

Hay una frase de un escritor no creyente que me interpela en este día. Decía en uno de sus escritos: “Con frecuencia me pregunto si los que creen en Dios le buscan tan apasionadamente como nosotros, que no creemos, pensamos en su ausencia”. La frase es terrible, porque es verdad.

Efectivamente, conocemos muchos ateos que buscan a Dios con angustia, con pasión, que le necesitan y arden porque no consiguen encontrarle. Y uno tiene que preguntarse por qué muchos creyentes –que tenemos la suerte de creer en Él- no parecemos vivir tan apasionadamente nuestra fe, no sentimos el gozo y el entusiasmo de creer, por qué hemos logrado compaginar la fe con el aburrimiento en una especie de extrañísima “anemia espiritual”.

Y la fe es un terremoto, no una siesta. Un fuego, no una rutina. Una pasión, no un puro asentimiento. ¿Cómo se puede creer de verdad -¡de verdad!- que Dios nos ama y no ser feliz? ¿Cómo se puede pensar en Cristo sin que el corazón nos estalle?

¡Qué difícil es encontrarse creyentes de fe rebosante! ¡Creyentes a quienes les brillen de gozo los ojos cuando hablan de Cristo! ¿Cómo es que alguien que ama a Dios pueda hablar de Él sin que la alegría le salga por la boca a borbotones?

Pentecostés, amigos míos, es la fiesta del fuego: Los discípulos de Jesús estaban aquel día tan tristes y aburridos como nosotros en muchas ocasiones lo estamos.

Creían, sí, pero creían entre vacilaciones y dudas. Les faltaba el coraje para anunciar su nombre. Y entonces descendió sobre ellos el Espíritu Santo en forma de fuego. Y ardieron. Y salieron todos a predicar, dispuestos a dar sus vidas por aquella fe que creían.

¿Y nosotros? También recibimos al Espíritu el día de la Confirmación. Y no se nos dio a nosotros menos fuego, menos Espíritu, que a los apóstoles el día de Pentecostés. San Juan lo dice: “Dios no da el Espíritu con tacañería”. ¿Qué hemos hecho entonces de nuestro Espíritu?

El mayor pecado de la Iglesia actual es la “mediocridad espiritual”. Nuestro mayor problema pastoral, el olvido del Espíritu. El pretender sustituir con la organización, el trabajo, la autoridad o la estrategia lo que sólo puede nacer de la fuerza del Espíritu.

Sin Pentecostés no hay Iglesia. Sin Espíritu no hay alegría para evangelizar. Sin la irrupción de Dios en nuestras vidas, no se crea nada nuevo, nada verdadero. Si no se deja recrear,  reavivar y animar por el Espíritu Santo, la Iglesia no podrá aportar nada esencial al anhelo del hombre y la mujer de nuestros días.

Sí, amigos: es hora de que le digamos al mundo que nos sentimos felices y orgullosos de ser cristianos. Que nos avergüenza serlo tan mediocre. Pero que sabemos que la fuerza de Dios es aún más grande que nuestra mediocridad.

Y que, a pesar de todo, Cristo está en medio de nosotros como el sol, brillante, luminoso, feliz. Sí, ser cristiano es vivir siempre en primavera, porque es El Espíritu de Dios el que nos hace ser así.

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