CORPUS CHRISTI

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

Todavía se sostienen en el aire las palabras de Jesús el Jueves Santo: “tomad y comed; tomad y bebed”. Desde entonces, y han pasado muchos siglos, los cristianos entramos, muy especialmente en comunión con Jesús, por el sacramento admirable del altar. Nos fortalecemos cada vez que lo comulgamos. Nos hacemos fuertes, cuando recibiéndolo, somos conscientes de que automáticamente nos convertimos en sagrarios vivientes: ¡Dios ha entrado en nuestros corazones!

La festividad del Corpus Christi nos da fuerza para seguir adelante. Nos comunica que Él se compromete con nosotros. Que avanza a nuestro lado. Que no vive de espaldas a nuestras pesadumbres. En definitiva, cada vez que celebramos esta fiesta, renovamos con emoción y con firmeza lo que el sacramento encierra: Dios está aquí y es “la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana” (L.G.11).

¿Cómo no vamos agradecer tanto al que tanto nos ama? ¿Cómo, en este día, no vamos a echar el resto, toque de campanas y oraciones, cánticos e incienso, adornos y alfombras con Aquel que tanto fecunda y anima nuestra vida?

¿Qué no nos hemos de quedar en eso? ¡Por supuesto que no! Pero que, ello, no sea justificación para no poner en el centro de este domingo de Corpus, y el resto del año, lo que es vida en nuestra muerte, fuerza en nuestra debilidad, recuperación en nuestro hastío, ilusión en nuestro desencanto, generosidad en nuestra tacañería: LA EUCARISTIA.

¡Qué gran sabor tiene el Corpus Christi! ¡Paladar de Eucaristía! ¡Aroma a Jesús! ¡Gusto a Espíritu! ¡Sabor a Dios!

Al acompañar a Jesús Eucaristía en solemne procesión, nos comprometemos más con su causa: Manifestamos públicamente que somos de los suyos. Que su mensaje no queda bloqueado, y menos atrincherado, en las cuatro paredes de una catedral o de una parroquia.

El Señor, antes de marchar al cielo, nos dijo “ID”. Desde entonces, los cristianos, hemos aprendido la siguiente lección: no nos podemos detener. El Señor nos aguarda en el horizonte; nos espera en el compromiso activo y sin límites en pro de un mundo mejor.

Y, por supuesto, al celebrar el día del Corpus Christi, homenajearemos a Cristo con aquello que bien sabemos que mucho le agrada: la caridad. Nuestra vida cristiana, sin gestos de fraternidad, se queda sin brillo. Nuestra aclamación a Jesús, sin la ayuda a los más necesitados, es un grito a medias, sordo y sin sentido. Nuestra procesión del Corpus Christi sin gestos generosos, solidarios y misericordiosos a favor de los más pobres, es un camino incompleto, una piedad demasiado cómoda; una devoción sin referencia a nuestros hermanos no tiene sentido.

Fiesta del Corpus Christi, el Señor está en medio de nosotros. Irá delante de nosotros por la gran encrucijada del mundo. Le escoltaremos con nuestra música, cantos, lágrimas, postrándonos en tierra….y le diremos que, en los que más sufren y necesitan un apoyo moral y gestos concretos y solidarios, también le encontraremos y también le adoraremos.

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