REFLEXIÓN, DOMINGO 11 DEL T.O.

Vivimos ahogados por las malas noticias. Emisoras de radio y televisión, noticiarios y reportajes que descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odios, guerras, hambres y violencias, escándalos grandes y pequeños. Los «vendedores de sensacionalismo» no parecen encontrar otra cosa más notable en nuestro planeta.

Hoy Jesús, como siempre,  no habla de cosas grandes, de sensacionalismos. El habla del Reino de Dios que es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña. Pero algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Quizás necesitamos todos aprender de nuevo a valorar los pequeños gestos donde Dios está escondido.

Por eso es bueno que hagamos memoria de cómo fue nuestro origen; el origen de la comunidad cristiana: Jesús inicia su obra, el pueblo de la Nueva Alianza, con un puñado de pescadores, hombres de pueblo sin poder, sin preparación y sin dinero. La primera comunidad de Jerusalén está compuesta por lo más humilde de la sociedad judía. Lo mismo sucede con las comunidades de Pablo: “Y si no, hermanos, fijaos a quiénes llamó Dios: a los ignorantes, a los plebeyos, a los débiles, a los que no cuentan” (1 Co 1 ,26-29).

Uno no sale de su asombro al recordar los inicios tan insignificantes, la semilla tan microscópica que fue la fraternidad  franciscana. Aquellos “seis locos de Asís”, como los llamaba la gente de la comarca, vestidos a la campesina y cobijados en una miserable choza, fueron el punto de partida para la reforma de la Iglesia en aquel tiempo.

La fuerza del reino no viene de lo que hacemos nosotros, sino de lo que está dentro de la semilla que Dios planta. Dios trabaja de incógnito en el mundo, pero con eficacia. Dios no deja de vivificar su mundo, de llevar a cabo la nueva creación. Nos sobran prisas, ganas de eficacia, balances pensando sólo en números y en los métodos, y  nos falta confianza en la presencia de Dios en su mundo, confianza en la fuerza que lleva dentro cada pequeña semilla del Reino de Dios…

Nada de lo que hacemos es pequeño; nada podemos dejar de hacer porque parece pequeño y porque creamos que no valga para nada. No es verdad que valga para hacer Reino sólo lo grandioso. No. Estamos llamados, como creyentes, a sembrar de detalles pequeños la vida ordinaria. Resulta que lo verdaderamente grande es lo realmente pequeño; insignificante a los ojos de muchos, pero lleno de fuerza interior capaz de transformar todo poco a poco.

Las parábolas del reino nos desvelan una ley de la naturaleza y de la fe: en lo más pequeño, en lo cotidiano, en cuanto sucede que no llama la atención, Dios está actuando, escondido. ¡Qué riqueza da esto a nuestra vida!

No importa en qué rincón estás, no importa que estés en el candelero o en una esquina que casi nadie ve; no importa el relumbrón aparente… Lo único que importa, de verdad, es tu vida llena de pequeños gestos de reino cargados de poder transformador porque esconden la fuerza del amor de Dios.

Sin título

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