Danos siempre de este Pan

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El domingo pasado veíamos a Jesús dando de comer

a los que le seguían. Hoy le vemos molesto porque le siguen. Y es que le siguen, no por haber comprendido el sentido del signo que ha realizado. Le siguen porque han saciado su hambre y siguiéndole pueden buscarse una vida más fácil y llenar su estómago con facilidad.

Jesús tuvo compasión de la gente y les explicó con calma el sentido profundo de este gesto hablándoles del “pan de vida” que es el que sacia el hambre profunda de toda persona.

En la vida ordinaria conocemos «fidelidades interesadas». Detrás del seguimiento a alguien más de una vez lo que hay es «búsqueda de algo»: Una «paga» que colme nuestras ambiciones profundas y ocultas.
No falta gente que busca interesadamente poder o riqueza y esto le obliga a «cambiar de chaqueta» según le conviene. Hoy dicen una cosa, mañana otra; poco importa, con tal de conseguir lo que persiguen.

Algo de esto achaca Jesús a la gente:«Me buscáis no porque los signos os interroguen, sino porque comisteis hasta saciaros», les argumenta Jesús de sopetón. Y añade: «Trabajad por lo que perdura». ¿Y qué es lo que perdura? «Que creáis en el que Dios ha enviado».

En un momento Jesús ha centrado el tema. No vale seguirle por curiosidad ni por interés; no vale seguirle porque o cuando necesitamos algo que no alcanzamos con nuestra manos, no vale acordarnos de Dios, como dice el refrán, «cuando truena». Jesús rechaza de un plumazo un seguimiento interesado o cuando nos interesa, mientras el resto de la vida «nos las apañamos nosotros sin Dios» tan ricamente… Quedan así deslegitimadas muchas posturas ante Dios que sólo son «cuando me apetece, cuando le necesito».

El Dios de Jesús no es para «llenar huecos» o «cubrir necesidades»; es para saciar el hambre más profunda que tenemos dentro. Dios, dicho de otra manera, no es útil; Dios es necesario.

El seguimiento de Jesús exige fidelidad y aceptación: fe en Él, acogerle como don del Padre continuamente… «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre». Esta es la revelación a la que conduce el diálogo con la muchedumbre.

Llegar a «necesitar a Dios» es un largo camino. Más bien hoy lo que muchos dicen es que no necesitan a Dios para nada. Se mantienen en un terreno superficial de necesidades básicas que la sociedad del bienestar colma. Esto produce una especie de adormecimiento general de la persona. Hay que atravesar muchas capas para llegar al corazón y darse cuenta de que «en el fondo, somos radicalmente necesidad», que es mucho más que necesitar esto o lo otro.

Un Dios a medida de nuestras necesidades puede que nos resulte muy necesario en un momento dado, pero no será nunca el Dios verdadero. Dios tiene preparado para nosotros el pan de nuestra hambre y el vino de nuestra sed: Cristo Jesús es el proyecto de Dios, el alimento de nuestras vidas, el pan del cielo.

No nos vendrá mal rezar: «Danos siempre de ese pan».

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