Domingo 21 del Tiempo Ordinario

​​​​​Desertar
Hoy, finaliza con una interpelación el “Discurso del Pan de vida”: ¿También ustedes quieren marcharse?
Jesús no dejó indiferente a nadie: cuando tuvo que hablar, lo hizo, alto y claro. Y, además, lo hizo sin miramientos y sin tener en cuenta a sus más allegados. Quería seguidores con cintura, grandeza en el corazón, claridad en la mente y largueza en las manos.
“La prueba del algodón” se daba en muchas ocasiones: Cuando el hablar de Jesús les resultaba excesivamente duro. Cuando tenían que renunciar a otros dioses y abrazar al Dios de Jesús. Cuando había que perdonar incluso al enemigo.
Muchos se echaron atrás. Jesús nunca puso grilletes a sus seguidores. Precisamente, desde esa libertad, habrían de responder: ¿Sí o no? No había intermedio. Seguir a Jesús exigía cambiar la vida y sus valores de arriba abajo. “Comerle a Él”. “Comulgar de mente y corazón con Él.”
Hoy, con más severidad que nunca, estamos viviendo una deserción de la práctica de fe. Parece que lo que se lleva, es decir “no soy practicante” “a mi la Iglesia no me va” “paso de rollos religiosos”. En el fondo, hay un tema más grave: nadie queremos complicaciones. Los compromisos, de por vida, nos asustan. Y a veces, el Evangelio, nos pone contra las cuerdas: ser creyente es más que bautizarse, hacer la primera Comunión o casarse por la Iglesia… Es complicarse la vida con Cristo y en Cristo. Es teñirse de Él e identificarse con Él.
El Señor, porque sabe y conoce muy bien nuestra debilidad, siempre tiene sus puertas abiertas: unas veces para entrar y gozar con su presencia y, otras, igual de abiertas para marcharnos cuando –por lo que sea- nos resulta imposible cumplir con sus mandatos. La predicación de Jesús, lejos de ser una imposición, era y sigue siendo una propuesta. Si –por lo que sea- no lo tenemos claro, a nadie se nos obliga a llevar la cruz en el pecho y, mucho menos, a decir que somos cristianos.
Unos interrogantes:
– ¿Cuándo hemos dejado al Señor sólo o lo hemos arrinconado?
– ¿Sabemos estar en su presencia sin más compañía que el silencio?
– ¿Nos planteamos, con frecuencia, lo que significa y conlleva el ser cristianos, estar en común unión con Cristo?
– ¿Nos duele, en algún momento, la proclamación de la Palabra de Dios porque trastoca nuestras “formas”?
– ¿Estamos profundamente convencidos de que sólo Él tiene “Palabras de vida eterna”

Estos interrogantes, al final de esta breve reflexión dominical, pretenden incentivar nuestra fe dormida. Si creemos y servimos al Señor, que lo hagamos con valentía, con transparencia y sabedores de que, seguirle, aunque no sea un camino de rosas, merece la pena. Feliz Día del Señor

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