Domingo 25 del Tiempo Ordinario-B

Ciertamente nuestros criterios no coinciden con los de Jesús. ¿A quién de nosotros se le hubiera ocurrido hoy pensar que los hombres y mujeres más importantes son aquellos que parecen los «últimos» porque viven al servicio de los demás?
Para nosotros, importante es la persona de prestigio, segura de sí mismo, que ha alcanzado el éxito en algún campo de la vida, que ha logrado sobresalir sobre los demás y ser aplaudido por las gentes.
Esas personas cuyo rostro podemos ver constantemente en la TV. Líderes políticos, cantantes de moda, atletas excepcionales…¿Quién puede haber más importante que ellos?
Según el criterio de Jesús, miles y miles de hombres y mujeres anónimos, de rostro desconocido, a quienes nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio sencillo y desinteresado a los demás. Hombres y mujeres que no viven para su éxito y egoísmo personal. Gentes que no actúan sólo para arrancarle a la vida todas las satisfacciones posibles para sí mismo, sino que se preocupan de la felicidad de los otros.
Ciertamente hay una grandeza en la vida de estas personas que no aciertan a ser felices sin la felicidad de los demás. Su vida es un misterio de entrega y desinterés. Saben vivir más allá de sus propios intereses. Sin hacer cálculos. Sin medir mucho los riesgos.
Hombres y mujeres que saben poner su vida a disposición de otros. No se imponen ni existen para sí mismos. Actúan movidos por su bondad. Una ternura grande envuelve su trabajo, su quehacer diario, sus relaciones, su convivencia.
No viven sólo para trabajar ni para disfrutar. Su vida no se reduce simplemente a cumplir sus obligaciones profesionales y ejecutar diligentemente sus tareas.
En su vida se encierra algo más. Viven de manera creativa. Cada persona que encuentran en su camino, cada dolor que perciben a su alrededor, cada problema que surge junto a ellos, es una llamada que les invita a actuar, servir y ayudar.
Pueden parecer los «últimos», pero su vida es verdaderamente grande y en el corazón de Dios, son los primeros. Todos sabemos que una vida de amor y servicio desinteresado merece la pena, aunque no nos atrevamos a vivirla.
Quizás tengamos que orar pidiendo el don de la humildad:
“Seré el último ante el mundo, sabiendo que ante Ti, puede que sea el primero. Seré el primero sirviendo, aún a riesgo de no ser recompensado humanamente. Seré niño en tus brazos, para sentirme siempre protegido por tu mano” (J. Leoz)

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