Domingo 26 del Tiempo Ordinario-B

CORTA LO QUE TE IMPIDE DAR FRUTOS DE ACOGIDA Y MISERICORDIA
El apóstol Juan, con toda ingenuidad, le va a contar a Jesús, pensando que le habían prestado un servicio y que se lo iba a agradecer, que había encontrado a uno que echaba los demonios en su nombre, y que ellos se lo habían prohibido: ¡A ver con qué derecho iba echar él el demonio en nombre de Jesús si no pertenecía a su grupo. Jesús rectifica y les dice: “No se lo volváis a impedir, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”. Los apóstoles están afectados de un celo exclusivista, de estrechez de espíritu, de sectarismo intransigente e intentan monopolizar el carisma que han recibido. En cambio, Jesús revela un espíritu abierto y generoso.
​La Iglesia de todos los tiempos, pero especialmente la del Concilio Vaticano II, resalta que el Espíritu sopla donde quiere y actúa en la sociedad; por eso, después de 50 años de su conclusión, retomar sus afirmaciones: “la Iglesia también tiene que aprender del mundo, de los avances humanitarios de la sociedad; ha de escudriñar los signos de los tiempos, verdadera voz del Señor” (GS 44.2). El Espíritu actúa en las otras religiones, en toda persona de buena voluntad, aunque esté al margen de la fe. El mundo es el gran templo en el que Dios habita y actúa en el corazón de cada persona.
​No hay una actitud que predisponga más en contra de la fe, de la Iglesia y de cualquier institución, que la altanería sectaria. Es de justicia reconocer el bien de los demás, sus aciertos, sus éxitos, su generosidad, sobre todo en el que está alejado de la fe, en el familiar, en el vecino, en las instituciones culturales o humanitarias.
​Con frecuencia afloran en algunas personas y grupos un tanto cerrados de la Iglesia la descalificación y la crítica mal intencionada e injusta. “El reconocimiento sincero del bien del otro es condición imprescindible para el diálogo evangelizador, condición para que “los otros” presten oídos a nuestra propuesta evangélica, si sabemos proponerla. Para que se puedan encontrar con Jesucristo, fuente de todo bien, los cristianos deberíamos valorar con gozo todos los logros humanos grandes o pequeños, y todos los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo político, económico o social, por efímeros que nos puedan parecer. La sociedad, azuzada por la prensa, divide entre “los suyos” y los “nuestros”, los buenos y los malos”.
​Ahí no podemos entrar los cristianos. Recordemos la primera lectura: ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!. Sí, esa es la tarea que tenemos por delante: Que todos puedan profetizar, hacer milagros, porque se han encontrado con Jesucristo.
​¡Cuántas veces escandalizamos a los débiles en la fe, a los pequeños en la fe, con nuestra arrogancia y sectarismo!
​¿Qué tenemos que hacer los cristianos con los que hacen el bien, sin saber donde está “la fuente del bien”? Alegrarnos, -porque el Espíritu es libre y actúa más allá de nosotros-, acompañarles, y llevarles con nuestra acogida y valoración al que es la fuente de todo: CRISTO JESÚS, EL SEÑOR.

image

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s