SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

“RECIBAMOS LA FELICIDAD DE SER BIENAVENTURADOS”

Sabemos que la Iglesia de Dios tiene detrás muchos años de historia. A través de los siglos, en la Iglesia ha habido muchas personas que se han esforzado por vivir los valores del evangelio.
Desde el principio, a todos los cristianos se les llamaba santos, pero en las comunidades cristianas pronto se empezó a mirar con admiración y con un respeto especial a las personas que habían vivido con intensidad su vida cristiana.
En las comunidades cristianas, esas personas eran ejemplo, los héroes, los modelos a seguir. Sin duda, esas personas ayudaban a todos a entrar en la hondura hermosa de la experiencia cristiana. Se les llamó santos porque en sus vidas se veía un cierto reflejo de la bondad y la santidad de Dios.
Luego, con el correr de los siglos, ha habido tanta gente buena en la Iglesia de Dios que no era posible incluirlos a todos en una lista, ni siquiera recordar sus nombres. Por eso, la Iglesia instituyó la fiesta de Todos los Santos para dar gracias a Dios por tantas personas buenas y para recordarnos a todos nuestra vinculación con ellas y nuestra llamada “a ser santos”.
La primera lectura habla de una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas. Dice que vienen de la gran tribulación. Es decir: no vienen de una vida cómoda, sin esfuerzos, sin luchas. Son personas que abrazaron en sus vidas el evangelio de Jesús y contribuyeron a cambiar nuestro mundo, cada uno desde su sitio y con los dones que Dios les dio.
A algunas de esas personas las hemos conocido y hemos llegado a saber sus nombres y algo de su historia. Son los santos, canonizados o reconocidos oficialmente como tales.
Pero a otros muchos no los hemos conocido ni hemos llegado a saber sus nombres. Son para nosotros santos anónimos que pasaron su vida haciendo el bien y que, gracias a ellos, nuestro mundo funciona un poco mejor y nos sirven hoy de estímulo para vivir nuestra vocación a la santidad. Jesús, en el evangelio, enumera algunos detalles de sus vidas en las bienaventuranzas.
Quiero pensar que los cristianos que estamos celebrando esta fiesta también participamos de esa santidad que es don y regalo de Dios. Este día también es nuestra fiesta. Estamos haciendo, si ahora somos santos, nuestro mundo más humano y más habitable. Podemos sentirnos miembros de esa familia inmensa de santos en la que Dios también nos regala a nosotros sus rasgos más hermosos.
¡Feliz día de todos los Santos!

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