DOMINGO 33 Tiempo Ordinario

JESÚS LLEGA, VAMOS A RECIBIRLE
Un locutor chileno hizo una entrevista a una mujer de su país que había sufrido un grave accidente aéreo. Esa entrevista tuvo lugar muchos años después en la televisión de su país, el locutor le preguntó:
-Señora Marta, ¿ha cambiado en algo su vida después del
accidente?
-Ha cambiado totalmente -respondió.
-¿En qué? -insistió el locutor.
-Es como si volviera por segunda vez a la vida, y no todos tienen esa posibilidad. En esta segunda vida soy más responsable. Ahora sé que lo verdaderamente importante es vivir con atención y sensibilidad a las pequeñas realidades de cada día: atender a mi niño, alimentarlo, lavarlo… Desde entonces saboreo más un día de sol, el aire puro, la vista de los árboles, las flores… ¡Todo ha cambiado para mí!…
Esta mujer encontró la belleza del vivir cuando estuvo próxima a su fin. ¡Cuántos dirían lo mismo si pudieran tener la oportunidad que tuvo ella: la de volver a vivir! Esta mujer presta atención, desde entonces, a las pequeñas cosas de cada día.
También nosotros debemos prestar atención a esas pequeñas cosas. Pequeñas gotas de agua, pequeños granos de arena forman los mares y las playas, escribió un poeta. Un cristiano puede decir: las pequeñas cosas de cada día consiguen el Cielo. Jamás despreciemos las cosas pequeñas.
Para un cristiano nada es insignificante y pequeño en relación con Dios y con nuestro prójimo. Un pequeño detalle, una pequeña atención pueden ayudar mucho; pueden calentar el corazón, pueden dar paz; pueden dar felicidad; pueden convertir el llanto en consuelo, el sufrimiento en esperanza.
Decía santa Teresa de Jesús: «No tiene precio la cosa más pequeña si se hace por amor a Dios».
En el Evangelio de hoy Cristo nos habla del fin del mundo. No sabemos cuándo será. Lo que sí sabemos es que el fin del mundo, para cada uno de nosotros, será a la hora de nuestra muerte. En esta hora Cristo vendrá a llevarnos a la casa del Cielo. Así lo esperamos, confiados en nuestra buena conducta, pero sobre todo en la infinita misericordia de Dios.
Y no olvidemos que así como en las pequeñas e insignificantes semillas están ya las flores y los frutos del porvenir, en nuestras pequeñas e insignificantes obras, hechas con amor y alegría, está ya nuestro porvenir: está el Cielo.

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