Segundo Domingo después de Navidad

TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO

En medio del agobio y las fiestas de estos días, este segundo domingo de Navidad, -un día más pacífico-, se nos invita a meditar con sencillez el misterio de aquel Niño que ha nacido en Belén: “El Hijo de Dios se hizo hombre”. Estamos ante el gran misterio, que más que intentar explicar y comprender, hay que aprender a contemplar, adorar y agradecer. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). ​

Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra” Palabra de amor infinito. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más. Como nos lo propone el Credo: “Por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo, se encarnó de María , La Virgen y se hizo hombre”.

Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Para compartir alegrías y alentarnos en las penas y dolores. Como dice San Pablo: “Nos dio gracia sobre gracia”

Frente a la incomprensible generosidad de Dios, el Evangelista Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y le escuchan (Mt 11 ,25).

Sin embargo, hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje.

Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas, se “cumplen” normas, se “reciben” ritos, se hacen “promesas”, se organizan “procesiones”…, pero no se vive pendiente de su Palabra ni, en realidad, si somos sinceros, se le sigue como discípulos. Ya los Santos Padres increpaban a los cristianos de su tiempo la indiferencia ante Aquél por quien fueron creadas todas las cosas y por el que vivimos y existimos.

Rahner define al cristiano como “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica” (Lc. 8,21). Es, pues, la acogida de la Palabra la que nos transforma en hombres y mujeres nuevos, hijos Dios y portadores de la Luz.

¿Podría ser este año 2016 “el año de la acogida de la Palabra” que nos hace contemplar su misericordia?

Poniendo la mano en el corazón podríamos preguntarnos: ¿Conocemos la Palabra de Dios? ¿Sabemos orar con la Palabra de Dios? ¿Confrontamos nuestra vida con la Palabra de Dios? ¿Cuánto tiempo le dedico al día, a la semana, al mes? ¿Cuáles son mis disculpas?

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